Desde hace dos semanas, por motivos varios que hunden sus raíces en cambios estructurales, estoy encarando el mundo social de una manera diferente.
El mundo social, como dije alguna vez, es un problema para mí, y para todos seguro que también. Pero yo lo sufro, y de una manera un tanto particular.
Estudio una carrera de lo más social posible, pero siempre tuve dificultades para integrarme y formar parte de grupos. Antes me echaban, y hasta me segregaba sola y sin ayuda. Lo peculiar es que si alguna vez pude integrarme, ser parte de grupos y ser el alma de la fiesta, éso fue en el exterior, nunca en Argentina (neurosis mía).
Sumado a ello está mi calidad de judía, que como proyección de lo que pasó el pueblo judío he significado mis expulsiones y torturas sociales como parte de un holocausto personal. Hasta acá ya tenemos una mochila bastante pesada.
Esta mochila y mi forma de llevarla hicieron que la gente fuera transitoria en mi vida, que las relaciones vengan con fecha de expiración. Que no haya podido tener un grupo de pertenencia elegido por mí, primero, y segundo, que no haya durado más que unos pocos años.
A veces, la gente me aburre, o me aburro demasiado rápido. Es por eso que nunca me verán rodeada de gente ni verán muchos comments en éste blog.
Entónces aparece la dicotomía antisocial-sociable que funciona como par dialéctico en tanto que lo antisocial implica lo social y viceversa. Sociable ya que (porque que sea incapaz de tener amigos y ser el alma de la fiesta, no me hace odiar tanto al resto de los mortales y que sus vidas me importen una mierda) noto cierto compromiso con lo social utimamente, por ejemplo: hace una semana iba en el 60 del laburo a mi analista. Se sube un señor de unos 60+ años, con un notable problema de salud que le afectaba una pierna, que le sería amputada en un futuro cercano, el señor viene del Paraguay y se sube a los colectivos a promocionar y vender sus obras de arte que consisten en un, y acá la concepción centrista del arte: dibujo similar a los garabatos de los niños de sala de 4 en una hoja de anotador arrancada, cuya técnica era el marcador "de escolar" (como los Lumi, que venían en diferentes tonos, incluso flúo y en una cajita plástica) pero además la obra se completaba con un resorte plástico pequeño que envolvía la hojita arrancada de anotador. La obra "venía con sujetador", era "para llevar", o simplemente el resorte era parte funcional a la pieza de arte que Gregorio, el señor del Paraguay, ofrecía.
Resulta que le compro una hojita garabateada a Gregorio. El dibujo que me tocó era similar al de una mariposa. Me pareció genial que venda algo producido por él mismo y que al explicarle a los pasajeros la naturaleza única de los materiales usados, esté de hecho valorando y resignifcando su arte y su forma de conseguir las monedas para pagarán la amputación de su pierna. El explicaba de dónde había conseguido el alambre, el resorte y cómo había confeccionado la pieza. El enseñaba su arte y al mismo tiempo contaba de su vida.
Se acerca Gregorio a entregarme el garabato y entablamos conversación, le pido malinowskianamente que me enseñe algunas palabras en guaraní, que logré repetir y pronunciar correctamente, pero que olvidé a los 5 minutos de bajarme del 60. Y me cuenta que era padre de 12 hijos, 6 varones y 6 mujeres. Que su hija "más inútil" (así le decía) no sabía qué quería estudiar pero sí sabía que quería hacer algo relacionado con la construcción. Que sus otros hijos son todos profesionales, estudian ingeniería/arquitectura en la UBA y algunos en Paraguay. Contaba que a él le gustan las mujeres maduras, porque a su edad no está para seguirle el ritmo a mujeres más jóvenes: "el cuerpo no me dá, yo estoy en un momento en que necesito una acompañanante."
Contento por mi aporte de monedas y el lugar que pude ofrecerle para hablar, ante la indiferencia de los demás pasajeros, me halaga diciéndome que soy bonita y comienza a retratarme. Esta vez un garabato que evocaba a un muñeco de nieve con pelos despeinados. Al ver mi interés en repetir las palabras en guaraní, procede a ensañarme su lengua escribiendo en la misma, que luego será el soporte que contendría un mapa garabateado de su casa tomando la ruta 24, girando a la derecha por una rotonda que sale a Pilar. "Veni un día que mi hija te enseña el guaraní", pero no sin antes preguntarme mi número de teléfono que por "miedo", "incomodidad", "cuestiones de seguridad" no le dí.
Convendría citarlo a JL con su anécdota del robo: él iba caminando por Callao (creo) y ve 2 chicos con "aspecto sospechoso", ante la inseguridad y el malestar de pensar que son potenciales chorros, JL pasa por entre ellos ante la alternativa de cruzarse de calle y seguir su rumbo. Estos 2 chicos resultaron "ser chorros", le robaron el celular, un reloj y no sé que más. El buen JL 0 - Prejuicio 1. A JL no le pasó nada, más allá del susto de la navaja y los bienes sustraídos, entre los cuales uno tenía un considerable valor sentimental.
Me bajo del 60 con una mariposa envuelta el resorte de plástico, un mapa de la ruta 24 con mi retrato al reverso de la hojita de anotador arrancada y la sensación de haber hecho mi buena acción del día. Ah, y haber sido "social". Operé con la dialéctica antisocial.sociable, ya que logré escindirme de mi lugar estable de la que no habla con nadie, la que no puede relacionarse con los demás, la que no es interesante para los demás, etc. Y al menos logré interesarle a Gregorio y pude darle un espacio de bienestar fugaz a los tumbos en el 60 frente a la indiferencia del resto que yo creo "sociable" (porque los demás mortales son mejores que yo) la pasada noche del jueves. Terminé el día con una piña al prejuicio y un aprendizaje social. Me sentí un poquito mejor, a pesar de mis múltiples motivos inventados para el sufrimiento diario.
A partir de ese acontecimiento, le dedico 40 minutos a uno de los socios de la biblioteca en la que trabajo, que supera los 80 años, y me cuenta las vivencias de su mujer con Alzheimer y la necesidad de romper con el cánon institucional que concentra a las personas de la tercera edad en depósitos para viejos, esos seres improductivos y convalecientes a los que se debe dejar morir o acompañar su muerte en hospitales de día o centros para la tercera edad, en plena Revolución Gris.
Nuevamente, no se puede ser antisocial sin ser social de alguna manera.

2 Se encendieron:
¿Y entonces? Joder, que se me pusieron los ojos vidriosos al leer sobre tu Encuentro y la historia de Gregorio. Que los parió, me conmovió.
Desde luego, cabría preguntarnos cuánto de verdad hubo en ella, pero, ¿para qué?: el sentimiento es real. Y en última instancia, si todo fue una performance, enhorabuena: fue lo suficientemente convincente como para llamar tu atención.
Finalmente, esa dicotomía social-antisocial de la que hablás, me resulta pertinente: pues, acaso sólo pueda existir individuación en el contexo de una sociedad. Así de coloridas son las paradojas de nuestra existencia...
Me gusta que juegues,
-JL
en route
PD: los detalles sobre mi robo, acá: http://solyacero.blogspot.com/2009/05/realidad-la-qepd.html
Opa, veo que hubo cambios en el blog, ahora tiene una onda mas futurista (?).
Me parece interesante lo que planteás, especialmente en relación a la interacción con desconocidos, que es algo tan fácil de evitar cuando uno vive en una ciudad como Buenos Aires, donde todo el mundo se la pasa ignorándose. Recuerdo que un momento revelador en mi vida fue cuando estuve en El Bolsón y la gente del lugar enseguida se ponía a entablar conversación y preguntarte sobre tu vida como si fuera lo más natural del mundo, lo cual al principio a mi me causaba mucho rechazo y desconfianza. Y el shock fue darme cuenta de que no en todos lados la gente actúa como los porteños, que (aunque en realidad soy bonaerense técnicamente, me incluyo en la categoría por cuestiones socioculturales) tendemos a ser mala onda y hasta nos esforzamos en mantener un contacto mínimo con los demás. Entendí que tal vez tiene que ver con que, viviendo en una ciudad grande, sería imposible ser abierto y conversador con cada persona que conozcamos, porque entonces (teniendo en cuenta el tiempo siempre "escaso" de la ciudad) no tendríamos tiempo para nada.
Pero bueno, tiene que haber una equilibrio entre conversar con cada persona que se nos cruza e ignorar a todo el mundo, y considero que esa es la parte difícil, además del tema de la extrema desconfianza que uno desarrolla como ser urbano: si alguien se te acerca, el primer impulso es siempre estar alerta, pensar que te van a vender algo, pedirte plata o robarte.
En fin, creo que me fui un poco a la mierda, mi punto era que cada tanto está bueno entablar conversación con gente porque sí, e incluso darle espacio a gente a la que nadie más se lo da, pero no es tan fácil considerando nuestra desconfianza citadina "natural".
Besos, Sam!
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